Año 2026
"El Malacara" rescata la historia de Doña Chata, una vida de trabajo y sencillez en los pagos de Rivera
La Sociedad Criolla "El Malacara" propone un homenaje íntimo y conmovedor a esas mujeres anónimas que forjaron la vida de la campaña con su esfuerzo silencioso y su corazón generoso. La representación está centrada en la figura de Doña María Rodríguez, conocida por todos como "Doña Chata", nacida el 10 de mayo de 1906 y cuya vida transcurrió entre Cerrillada, Guaviyú y Yaguary, en el departamento de Rivera.
Muy joven, Doña Chata llegó como criada a la casa de Don Modesto Cuadro, una familia que vivía en un establecimiento rural de la séptima sección del departamento, en los pagos de Cerrillada. Allí pasó su juventud, aprendiendo las labores del campo y ganándose el cariño de quienes la conocían. Más tarde contrajo matrimonio con Don Capotixano, un hombre ya muy mayor que falleció poco tiempo después, dejándola viuda en plena juventud.
Tras quedar sola, "Doña Chata" se trasladó a Guaviyú, un paraje ubicado a unos 15 kilómetros de Cerrillada, sobre el camino internacional que hace de frontera con Brasil. Allí fue acogida por la familia de Don Jorge Barboza, dedicándose a cuidar a los hijos menores del hogar. Fue en esa etapa que conoció a Don Etelvino Villamil, a quien todos llamaban "Don Mulato", un hombre que trabajaba en un comercio de la zona propiedad de Don Atilio Pintos.
El destino quiso que sus caminos se juntaran. Comenzaron una vida en común y construyeron su propio hogar: un humilde rancho de palo a pique levantado en el mismo predio de Don Jorge, con sus propias manos. Años más tarde, ambos fueron a trabajar al establecimiento de Don Jorge en Yaguary, a unos 10 kilómetros de Guaviyú. Ella se desempeñaba como cocinera y él como casero, cuidando del campo y la hacienda. Los fines de semana, cuando las tareas se lo permitían, regresaban a pasear a su querido rancho de Guaviyú, ese refugio que habían construido con tanto esfuerzo.
Allí permanecieron hasta llegar a la jubilación. Fue entonces cuando volvieron definitivamente a su rancho, para vivir sus últimos años en paz, rodeados de los afectos de siempre. Doña Chata falleció a mediados del año 1996, y Don Mulato la siguió dos años después, completando una historia de amor y trabajo compartido que atravesó casi todo el siglo XX.
Con esta recreación, "El Malacara" no sólo honra la memoria de Doña María Rodríguez y Don Etelvino Villamil, sino que rinde tributo a tantas mujeres y hombres de la campaña que, como ellos, construyeron su vida en la sencillez, el trabajo y el amor por su pago. Una historia pequeña en apariencia, pero enorme en su significado, porque de esas vidas anónimas está hecha la verdadera historia del Uruguay profundo.